martes, junio 12, 2007

Prologo a una visita a Manzanillo

Se sabe que el horizonte tiene formas variadas. Cada una de ellas ejecuta el artificio del límite, de su certeza y de la geografía.

En nuestro caso, el mar es la forma de horizonte más deseada y aceptable. Cumple con el rito de proporcionar la calma de lo conocido y de lo predecible, aún cuando se trata siempre de una estratagema y de una astuta ilusión.

Su mejor expresión será siempre el mar en La Coronilla. Otras formas de esta necesidad pueden ser igualmente aceptables y cumplirán todas ellas su función con diferente suerte.

Viviendo accidentalmente en un valle gobernado por colinas, aquí en el interior del territorio, el mar es una ausencia. Disimulada apenas con argucias, como toda ausencia. Y tal vez, detrás de estas colinas, entonces pueda imaginarse que ese horizonte azul existe de algún modo.

Sin embargo al llegar a Manzanillo es claro que cualquier ardid ha sido inútil.

Bajando del omnibus dos señales marcan la derrota del ingenio: vuelan dos o tres gaviotas y hay el perfume del agua salada.
Y no puedo describir la emoción que significa volver a ver la ilusión de aquella lejanía que es ahora tan igual como distinta. Y cualquier palabra ya me resulta vana.

1 comentarios:

adrian dijo...

Que lindo esperimentar la memoria aromatica , me encanta, en especial el olor a mar tiene mucho significado para mi, un abrazo chauuuuuuuuuuuu