A miles de kilometros al Sur de este lugar en el que ahora escribo, en un visible rincón de un estante de madera, reposa y se añeja todavía, una reluciente botella. Alguna vez fue abierta y sin embargo el vidrio labrado encierra todavía el licor que destiló el anónimo agave azul sacrificado en dos mitades en las tierras de Amatitán en Jalisco.
El Estado de Jalisco es la patria del tequila y acuna el lugar que dió nombre a la bebida que luego el sabor y el tiempo elevaron al altar de los iconos nacionales mexicanos.
Asi es que Guadalajara es capital del lugar de nacimiento de los Mariachis y de las suertes charras. Contabilizados estos aportes, podría decirse que Jalisco ha sido importante contribuyente de la identidad nacional y del arquetipo que el extranjero más rapidamente identifica con el pueblo de Mexico.
No explicaré ahora al eventual lector qué o quien es un Mariachi. Será esa tarea para abordar en otro momento futuro. Igual suerte corren por ahora las charrerías.
Y es que ya resulta un ejercicio imposible el pretender explicar el Tequila. Llegado el caso, o bien se opta por el camino técnico de la descripción detallada del proceso de producción o bien -hábil y estrategicamente- se arrima una diminuta copa.
La copa, en cuanto a su forma, ha de asemejarse a la hija menor de una copa de cognac. Muy menor, claro. Luego en un plato pequeño ha de recibirse con naturalidad un grupo ya expectante de mitades de una especie de diminutos y muy frescos limones en los que domina el verde de las cáscaras.
De manera conveniente y cercana se dispone la blanca sal, que algunos tambien agregan como premisa fundamental antes del trago del bienamado licor. Primero se obtiene el jugo de limón de las mitades ya dispuestas. Para esto basta una adecuada mordida. A continuación, y sin tragar el jugo, se toma un trago de Tequila. Se traga mezclando con el jugo.
El efecto inmediato del sabor del tequila permite comprender porqué los indigenas -de acuerdo al mito ancestral- consideraron a esta bebida un regalo del cielo una vez que, pasada la tormenta, los rayos dejaron de caer sobre los humeantes agaves.
El efecto del tequila proporciona tal vez una probable explicación historiográfica para la pasión y el celo que disciplinados españoles aplicaron a mejorar esta bebida en los siglos pasados. Creo yo también permite entender las explosiones de alegría que caracterizan al espiritú mexicano y nos revela la probable razón de los gritos de los Mariachis en el proceso de desarrollar una canción.
Curiosamente aún cuando la Luna llena esté apoyada en un grupo de arboles que mueve un aire de verano y aún cuando se perciba todas las propiedades del Tequila -propiedades que los indigenas consideraban mágicas- no hay ninguna de estas cosas que se manifieste capaz de disipar la distancia y una eventual sensación de soledad.





